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El Príncipe y los mendigos.

2 diciembre 2011

Podría haber sucedido en cualquier otra ciudad, pero sucedió en A Coruña. La bonita ciudad del travía veraniego y costosas farolas modernistas. Sucedió en la ciudad en la que nadie es forastero, la de los siete centros comerciales, la de la universidad con más profesores que alumnos (Ojo! hipérbole), la de la policía local patrullando en Harley Davidson.

Imagínense la escena. ¡El Príncipe de España de visita oficial en la ciudad! El regordete alcalde no cabe en si de gozo, lo imagino vestido de inglés o de soldado de Napoleón, sonriente para la foto y rodeado de esos muchachos grandotes y fuertes que se disfrazan para la ocasión. Protocolo lo llaman. Digamos que desde tiempos del Gran Paco hay cierta tendencia a la comedia en María Pita, recreando batallitas y presumiendo de heroinas que luchaban por el pan de sus hijos y no por defender la honra de ninguna ciudad, pero esa es otra historia.

La cuestión es que en el mismo momento en el que el gozoso alcalde estrechaba la mano al guapo y apuesto Príncipe (¿comentarían algo sobre el cuñado?); en el momento en el que la banda municipal tocaba alegremente la marsellesa, perdón, el himno de España; justo cuando Don Felipe pronunciaba esas ya míticas palabras sobre que todos juntos saldremos de la crisis, pero que sus hijas y sus numerosos sobrinos saldrán algo mejor que nuestros hijos (esto sólo lo pensaba). En definitiva, amigos, que mientras había fiesta y alegría en la Plaza del Pueblo a apenas unos kilómetros incineraban los restos de un tipo que se murió de frío y de abandono en la Ciudad de las Galerías, el el balcón del Atlántico.

Un medigo, como los otros dos que el plazo de una semana se dejaron morir en la hermosa ciudad de A Coruña (pero podría ser cualquier otra). Y como esto no es un cuento os diré que uno de ellos estaba en tal estado de descomposición que no sabemos quién demonios es. Un medigo. Un tipo cualquiera que se murió y al que nadie echará de menos. Una de esas personas que pasan a nuestro lado y nos apartamos, que si están en un banco delirando intentamos alejarnos, no mirarles a la cara para que no nos hablen.

Si hombre si, a mí también me pasa. Y me pregunto a veces qué clase de sociedad estamos creando. Cómo es posible que en una ciudad no haya un sitio en el que la gente pueda cobijarse y no se muera de frío y de asco en las calles. ¿No habrá dinero para darles un plato de comida? ¿No cotizaron los suficiente? Cómo puede ser que durante todo el día tengamos a los cuerpos de seguridad pendientes de la visita de un tipo sin oficio ni beneficio, que haya policía nacional en cada esquina, que la guardía civil tenga controlada toda la Avenida de Alfonso Molina y que tipos de paisano deambulen por la zona vieja desde hace un par de días y que nadie vea a tres hombres que en horas y lugares distintos se están muriendo en la calle.

¿Es inevitable? ¿Es culpa de los recortes? ¿ No tienen cobertura de la Seguridad Social?  Este es el mundo que estamos construyendo entre todos. Que lo queramos ver es otra cosa.

 

From → Aquí y ahora.

4 comentarios
  1. Las ciudades se quedaron sin honra el mismo día en que se refundaron sobre sus cadáveres, perdón, quise decir: cimientos.
    Un saludo desde Tenerife.

    • Creo que hay una gran diferencia entre la pobreza urbana y la pobreza rural. Creo que en los pueblos es más fácil ayudar al necesitado que en las ciudades, tal vez porque en las ciudades somos cada vez más individualistas y hay más prisas y menos tiempo para detenerse a conversar o a interesarse por la salud de la vecina del cuarto, por ejemplo.
      Un saludo desde Compostela y muchas gracias por leerme.

  2. Magnifico, se ponen los pelos de punta solo de pensar que esto este ocurriendo a nuestro alrededor, sin que hagamos nada, miramos hacia otro lado como si la vida nunca nos pudiera llegar a poner en una posicion parecida.
    Vivi durante 4 años en Paris y alli vi como a los «clochards», asi se les llama alli, vagabundos en castellano, se les dejan los metros abiertos durante las noches del dificil invierno frances, porque es cierto que morian como ratas.
    Enhorabuena Jose Ramon, magnifico, como siempre.

    • Supongo que se trata de un mecanismo de defensa. Preferimos no ver el problema para no tener que enfrentarlos al hecho de que nos podría ocurrir a nosotros o a personas cercanas a nosotros. Supongo que pasa algo parecido con las enfermedades o con la adicciones, que nos cuesta mucho ponernos en el lugar del otro y cuando el problema entre en nuestra casa no comprendemos como los demás no se muestran más comprensivos.
      Un saludo y muchas gracias por leerme, amigo Banus.

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