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Expulsados de nuestra cuna de oro.

20 noviembre 2012

Nacimos en una cuna de oro y pensamos que duraría para siempre. Veíamos el mundo desde las alturas, hombre fuertes y dignos sometidos a indignas dictaduras; inocentes niños muriéndose de hambre; muchachas violadas en las fronteras o esclavizadas para que repugnantes hombres con dinero se sacien de sexo; pueblos enteros despojados de sus tierras para mayor gloria de la industria del petróleo…Nada nos alcanzaba, nada iba con nosotros.

Algunos deciamos que esto no podía durar, que para que el mundo mejorase deberíamos cambiar el sistema, reducir nuestro consumo desmesurado de energía y de banalidades. Debimos cambiar el mundo y las relaciones de mercado que nos gobiernan, pero estábamos muy ocupados haciendo colas para comprar el último modelo de teléfono móvil o planeando el viaje a esos países tan bonitos pero tan mal gobernados, para ver el paisaje desde la reja de un hotel.

Te miraban extraño, eras el aguafiestas, el pesado de las ONG’s, el radical, el raro. Te decían que querías cambiar el mundo, y que eso era imposible, y ahora resulta que es el mundo el que nos apea de nuestro caballito para subir a otros países a los que llamamos emergentes. Nosotros éramos occidente, y por historia y tradición tendríamos que haber contruido un mundo más justo y equilibrado, pero miramos para otro lado y cuando quisimos volver a la realidad todo había cambiado.

Ebrios de consumo y de soberbia no quisimos renunciar a nada para cambiar la vida de los desfavorecidos y repartir la riqueza que al fin y al cabo es de todos. Pensábamos que siempre habrá pobres y desigualdad sin pararnos a pensar que alguna vez podríamos ser nosotros los pobres y necesitados. Había en nosotros un no se qué de resignación con la desgracia de los demás, un fatalismo que nos impedía ver lo injusto que era nuestro bienestar, cimentado en el expolio de riquezas lejanas y condenando a otros a un círculo de miseria del que no podrían salir porque el mundo es así, justificábamos.  Y como la historia es caprichosa, ahora tendremos que mendigar migajas de inversión y ser agradecidos con aquellos a los que antes ayudábamos caritativamente desde nuestro pedestal del primer mundo desarrollado.

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